Las trampas que frenan la innovación son más comunes de lo que parece en muchas organizaciones. Aunque la innovación se menciona como un motor de competitividad y crecimiento, en la práctica suele quedar bloqueada por la tiranía de lo urgente, la ilusión de la certeza, el miedo al error y un liderazgo tímido. Identificar estas barreras es clave para superarlas y transformar la cultura empresarial hacia un futuro más ágil y sostenible.
El entusiasmo… hasta que hay que decidir
- Sí, innovar es clave, pero no ahora que estamos cerrando el trimestre / proyecto. (Si no es ahora… ¿Cuándo?)
- Sí, es realmente necesario, pero mejor esperemos a que el panorama esté más tranquilo. En este momento estamos con muchos cambios. (¿En qué momento la realidad / organización habrá de quedarse quieta?)
- Sí, me gusta la idea, pero sin cambiar los procesos core. (¿Nos enfocamos en los irrelevantes?)
- Sí, apostemos a lo nuevo, pero que no implique riesgos. (¿Qué tipo de cambios tiene éxito asegurado? Ni siquiera el día a día está exento de riesgos)
Lo paradójico es que todos saben —aunque no todos lo asumen realmente — que innovar ya no es opcional.
Quien no logre que la innovación se viva y se practique en su organización simplemente no podrá abrazar el futuro.
El precio de quedarse en la zona de confort
Innovar implica salir de la zona de confort para caminar sobre terreno incierto y esto es incómodo para culturas que veneran la ilusión de la certeza. A pesar de que en las iniciativas de innovación siempre se controla el riesgo, la garantía de éxito lineal, directo y sin contingencias es una falacia, una ilusión o directamente un engaño.
Muchas organizaciones están diseñadas para evitar el error, no para aprender de él. Pero la innovación exige lo contrario: la mayoría de las iniciativas no alcanzan los resultados esperados en cantidad, calidad, presupuestos o tiempos originalmente planteados. Es inevitable – y hasta deseable – que aparezcan contingencias que habrá que gestionar.
El líder innovador no promete que todo saldrá bien; quien lo hace acepta que el riesgo es parte del viaje y genera condiciones para que el error no se vea como fracaso, sino como paso hacia la mejora a través del descubrimiento y el aprendizaje continuo.
Cuando el “sí, pero…” cuesta el liderazgo
El “sí, pero…” no siempre se traduce en un rechazo frontal; muchas veces es una dilación que, en mercados dinámicos, equivale a un “no” definitivo. Veamos dos casos reales.
Eastman Chemical en América Latina (2010-2015)
Eastman tenía una posición sólida en plásticos y químicos especializados. La competencia asiática irrumpió ofreciendo precios más bajos y, sobre todo, un modelo de colaboración técnica con clientes para codesarrollar soluciones. Las filiales latinoamericanas veían la oportunidad, pero la matriz insistía en mantener la venta transaccional tradicional:
“Sí, pero nuestros clientes están acostumbrados a comprarnos como siempre”.
En pocos años, perdieron contratos clave en Brasil, México y Argentina, no por la calidad de los productos, sino por no innovar en la gestión del relacionamiento y el desarrollo conjunto.
Gandhi (México, 2010-2020)
Líder en venta de libros físicos y famosa por su marketing creativo, Gandhi tardó en ofrecer un e-commerce robusto y un catálogo competitivo de e-books. Mientras Amazon y otras plataformas crecían, Gandhi priorizó la experiencia física en tienda:
“Sí, pero nuestra fortaleza está en la experiencia presencial”.
El resultado: pérdida de cuota de mercado, sobre todo entre los lectores jóvenes que ya compraban casi exclusivamente online.
Las trampas que frenan la innovación
Aunque muchas organizaciones reconocen la importancia de innovar, existen obstáculos recurrentes que terminan frenando el avance. Estas trampas, presentes en la cultura y en la gestión diaria, suelen marcar la diferencia entre un discurso inspirador y una práctica real de innovación.
- La tiranía de lo urgente: lo operativo siempre gana a lo estratégico. Y lo operativo, muchas veces estrangula el conseguir lo que se había marcado como estratégico.
- La ilusión de la certeza: se espera “tener todos los datos” antes de actuar —algo imposible en entornos volátiles. Y acabamos teniendo los mismos datos que los competidores.
- La cultura del castigo al error: paraliza cualquier intento experimental y acaba desalentando a los talentosos, los que procuran pensar y hacer “fuera de la caja” y matando a las organizaciones.
- Liderazgo tímido: directivos que aplauden la innovación con la boca, pero no la respaldan con recursos ni ejemplo. El cortoplacismo mata el futuro.
Innovar con propósito… y coraje
Innovar por moda es tan inútil como no innovar. Pero innovar con propósito, ética y coraje —desafiando lo conocido— es lo que transforma organizaciones.
Pregúntate:
- ¿Qué “sí, pero…” estoy alimentando hoy en mi organización?
- ¿Qué estamos dispuestos a arriesgar para abrazar el futuro?
- ¿Estamos preparados para sostener el viaje, aun cuando la primera versión falle?
- ¿Qué nos puede ocurrir si no exploramos nuevas maneras, servicios y productos?
Si alguna de estas reflexiones te sorprendió gratamente, es hora de avanzar. Si no te han sorprendido… tal vez sea hora de revisar dónde estás realmente parado.
La innovación no es un eslogan. Es una práctica, una cultura y, sobre todo, una decisión. Innovar, sí. Pero sin peros sino con “¡eurekas!”
Cualquier cambio, como introducir la innovación en el día a día, se verá bloqueado por la Cultura de la organización. Por ello, la mejor manera de que esto no ocurra es, primero de todo, conocer tu Cultura. El Modelo InnoQuotient expresamente diseñado, entre otros, por el profesor Jay Rao, para esta función y validado estadísticamente por el MIT.