Fran Chuan

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Buena estrategia = Cultura + Acción: Cómo construir una organización capaz de ejecutar lo que define

Lecciones de Richard Rumelt para líderes que quieren resultados, no solo planes
Estrategia

1. Introducción: El mito de la estrategia sin cultura

El 90% de las estrategias fracasan en la ejecución, no en el diseño. Este dato, respaldado por múltiples estudios en gestión empresarial, refleja una realidad incómoda: muchas organizaciones invierten recursos significativos en diseñar una estrategia que nunca se materializa.

Richard Rumelt, en su libro Buena estrategia, mala estrategia, ilustra este fenómeno con el caso de una empresa de artes gráficas cuyo “plan 20/20” —un objetivo de crecimiento anual del 20% en ingresos y márgenes— no era más que una lista de deseos sin un plan de acción concreto.

Rumelt argumenta que una estrategia efectiva no se basa en metas ambiciosas o eslóganes inspiradores, sino en un diagnóstico honesto de los desafíos, una política rectora clara y un conjunto de acciones coherentes. Sin embargo, incluso las estrategias mejor diseñadas fracasan si la cultura organizacional no las respalda.

La cultura actúa como el suelo en el que se siembra la estrategia: si el suelo no es fértil, la semilla no crecerá.

La buena estrategia exige una cultura que fomente el diagnóstico honesto, la acción enfocada, la colaboración, que no tenga jerarquías rígidas y esté orientada a la adaptación al cambio. Sin esto, las organizaciones terminan con un conjunto de presentaciones y documentos que no se traducen en resultados tangibles y se generan tensiones, drama y desapegos.

2. Los 3 pilares de la buena estrategia y su vínculo con la cultura

2.1 Diagnóstico: La cultura de decir verdades incómodas

Richard Rumelt enfatiza que el primer paso para una buena estrategia es un diagnóstico preciso de los problemas reales que enfrenta la organización. Esto no es solo un ejercicio analítico, sino un proceso que requiere una cultura organizacional que valore la transparencia y la honestidad.

Por ejemplo, Rumelt menciona cómo muchas empresas evitan enfrentar sus debilidades por miedo a generar conflictos internos o dañar la moral del equipo. Sin embargo, ignorar estos problemas solo lleva a estrategias basadas en suposiciones erróneas. De la misma manera que los egos, las jerarquías son una limitación muy importante.

Una cultura que fomente la seguridad psicológica permite a los empleados expresar preocupaciones y cuestionar el status quo sin temor a represalias. Esto es crucial para identificar patrones y hechos que pueden dirigir el pensamiento estratégico hacia nuevas áreas.

Por ejemplo, una empresa que descubre, a través de encuestas internas, que su supuesta ventaja en servicio al cliente es en realidad un mito, puede tomar medidas correctivas antes de que el problema afecte su posición en el mercado.

Para implementar este pilar, las organizaciones pueden:

  • Realizar auditorías culturales periódicas para evaluar la apertura al feedback.
  • Establecer canales de comunicación anónimos para que los empleados puedan compartir sus observaciones sin miedo.
  • Capacitar a los líderes para que modelen la transparencia y la responsabilidad.

2.2 Política rectora: La cultura de enfocar recursos donde importan

El segundo pilar de una buena estrategia, según Rumelt, es una política rectora que dirija los recursos y esfuerzos hacia las áreas donde la organización tiene una ventaja competitiva.

Esto implica identificar las asimetrías en el mercado —aquellas fortalezas únicas que pueden explotarse para obtener una ventaja— y evitar competir en áreas donde la organización no tiene ventajas claras.

Rumelt utiliza la historia bíblica de David y Goliat para ilustrar este punto: David no intentó competir con Goliat en fuerza bruta, sino que usó su habilidad con la honda para explotar la debilidad de su oponente.

Para que una política rectora sea efectiva, la cultura organizacional debe fomentar la priorización y la disciplina. Esto significa que los equipos deben estar alineados con las ventajas clave de la organización y ser capaces de decir “no” a iniciativas que no contribuyan a explotarlas.

Por ejemplo, una empresa industrial que decide enfocarse en un nicho de mercado donde su producto es imbatible, en lugar de intentar competir en un mercado masivo donde carece de recursos, está aplicando este principio y acaba convirtiéndose en un Campeón Oculto.

Algunas prácticas para fortalecer este pilar incluyen:

  • Definir claramente las ventajas competitivas de la organización y comunicarlas a todos los niveles.
  • Implementar procesos de priorización que aseguren que los recursos se asignen a las iniciativas más prometedoras.
  • Crear una cultura de autonomía con alineación, con una lingua franca clara, donde los equipos tomen decisiones coherentes con la estrategia sin necesidad de microgestión.

2.3 Acciones coherentes: La cultura de ejecución disciplinada

El tercer pilar de una buena estrategia es un conjunto de acciones coherentes y coordinadas que implementen la estrategia. Rumelt destaca que estas acciones deben ser concretas, medibles y estar alineadas con los objetivos estratégicos.

La ejecución disciplinada requiere una cultura que valore la rendición de cuentas y el aprendizaje continuo. Por ejemplo, una empresa que implementa revisiones semanales de obstáculos para identificar y resolver problemas rápidamente está aplicando este principio.

Una cultura de ejecución disciplinada también implica normalizar el aprendizaje de los fracasos. Esto significa que los equipos deben sentirse seguros para experimentar, fallar y aprender de sus errores sin temor a represalias, aplicando esos aprendizajes para la mejora continua y la innovación.

Por ejemplo, una empresa que reduce un 30% el tiempo de lanzamiento de productos al implementar revisiones semanales de obstáculos demuestra cómo una cultura de aprendizaje continuo puede impulsar la ejecución estratégica.

Para fortalecer este pilar, las organizaciones pueden:

  • Establecer métricas claras y revisarlas periódicamente para asegurar que las acciones estén alineadas con la estrategia.
  • Implementar procesos de retroalimentación continua para identificar y resolver obstáculos rápidamente.
  • Celebrar los aprendizajes obtenidos de los fracasos, no solo los éxitos.

3. La mala estrategia como síntoma de una cultura tóxica

Rumelt identifica cuatro aspectos de una mala estrategia, cada uno de los cuales puede ser un síntoma de una cultura organizacional disfuncional. Estos aspectos incluyen el uso de lenguaje vacío (fluff), no enfrentar los desafíos reales, confundir metas con estrategia e ignorar las ventajas reales de la organización.

A continuación, se presenta una tabla que contrasta estos aspectos con las culturas que los permiten y sugiere cómo evitarlos:

Mala estrategia (Rumelt) Cultura que la permite Cómo evitarlo
Fluff (lenguaje vacío) Cultura de evitar conflictos y falta de transparencia Fomentar la claridad y el debate basado en datos; recompensar la honestidad
No enfrentar el desafío Cultura de culpar a otros y evitar la responsabilidad Líderes que modelan la responsabilidad y enfrentan los problemas de frente
Confundir metas con estrategia Cultura de cumplir KPIs sin entender su propósito Vincular cada meta a acciones concretas y medibles; asegurar que todos entiendan el “porqué”
Ignorar las ventajas reales Cultura de querer ser todo para todos, sin enfoque claro Realizar talleres para identificar y explotar las asimetrías y ventajas únicas

4. Cómo construir una cultura que ejecute buena estrategia

Para construir una cultura que permita ejecutar una buena estrategia, se propone un marco práctico basado en tres pasos clave:

  1. Diagnosticar la cultura actual
    • Apertura al feedback
    • Enfoque en ventajas
    • Capacidad de adaptación
  2. Diseñar intervenciones culturales
    • Talleres de alineación estratégica
    • Programas de mentoría y coaching
    • Experimentación controlada
  3. Medir el impacto
    • Identificación de ventajas clave
    • Reducción del tiempo de decisión
    • Incremento en satisfacción y compromiso

5. Conclusión: Cultura como ventaja competitiva

En un entorno empresarial caracterizado por la incertidumbre y el cambio acelerado, la capacidad de una organización para diagnosticar problemas, enfocar recursos y ejecutar acciones coherentes es más crítica que nunca.

Sin embargo, esta capacidad no depende solo de tener una estrategia bien diseñada, sino de contar con una cultura organizacional que la respalde.

Las organizaciones que logran alinear su cultura con su estrategia no solo están mejor posicionadas para enfrentar los desafíos actuales, sino que también desarrollan una ventaja competitiva sostenible.

En un mundo donde la innovación y la adaptabilidad son clave, la cultura se convierte en el activo más valioso de una empresa. Como consultores y líderes, nuestro desafío es ayudar a las organizaciones a construir culturas que no solo soporten, sino que potencien sus estrategias, transformando los planes en resultados tangibles.

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