Fran Chuan

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«Be quick, don’t hurry»

Be quick, don't hurry

Solía decirlo John Wooden, considerado el mejor entrenador de la historia de la NCCA (la Asociación Nacional Deportiva Universitaria): sé rápido, no te apresures. En otras ocasiones ya he desgranado la diferencia entre velocidad y agilidad, y esta cita resume a la perfección la distancia o el conflicto que hay entre ambos conceptos: la velocidad implica prisa por alcanzar la meta con celeridad, la agilidad persigue un propósito y se toma el tiempo necesario para ir aprendiendo y conseguirlo de la manera óptima. 

No me cansaré de reiterar que el camino para atraer y retener talento, generar diferenciación, innovación y un futuro sostenible para una organización es crear un clima y una cultura propicios para el sosiego, el aprendizaje y el crecimiento. Sí, me refiero al crecimiento de los colaboradores, ya que, si ellos crecen armónicamente, la organización, como consecuencia, crece también 

Este crecimiento jamás se logra en organizaciones con una cultura de la inmediatez, de las prisas, ya que esta suele generar muchas disfunciones, como la desestructuración de los procesos y los roles, los malentendidos, o una sensación de caos que lo permea todo. Como organización, por lo tanto, es imposible ser rápido, eficiente y preciso constantemente. 

Desear ser rápido suele implicar una sensación de urgencia excesiva, la mayoría de las veces sin un sentido claro y compartido, un apremio, y eso nos lleva a cometer errores, a los que habremos de dedicar el tiempo de cometerlos y también el de corregirlos. Cuando trabajamos en un entorno con este clima constante de urgencia, además, lo hacemos con una “gran prioridad” en mente que nunca desaparece, generando un “efecto túnel” que no nos permitirá estar atentos a aquello que ocurre a nuestro alrededor, perdiendo la oportunidad de detectar tendencias y oportunidades que se suelen ubicar en los márgenes 

Como he dicho, estas organizaciones tienden al caos, y el talento huye del desasosiego que genera el caos: conozco líderes que se autodefinen como atentos y ágiles para aprovechar los momentos de cambio y las oportunidades que de estos surgen, y, sin embargo, sus colaboradores los tienen por erráticos, incapaces de discernir las prioridades verdaderas y de rendir durante las urgencias. Así, esas personas talentosas deciden que no quieren trabajar en estos contextos y bajo liderazgos volátiles, y abandonan la organización. He sido testigo de esta situación demasiadas ocasiones, y sólo en pocas el líder (o los líderes) han reconocido que quienes se marchaban tenían razón, y que algo debía cambiar en su cultura empresarial. 

Aquellas organizaciones que estimulan, equivocadamente, culturas de la rapidez provocan los siguientes síntomas: 

  • Supervisión y control excesivos, que “roba” tiempo la ideación, la ejecución y el aprendizaje orgánico. 
  • Sobrefocalización en el “logro”, que es lo que se prima y se premia, desplazando y desvalorizando los procesos de prueba y error y los aprendizajes 
  • Incapacidad para analizar y cuestionar los propios procesos, ejecutándolos una y otra vez con exactamente los mismos recursos, generando los mismos resultados. Así es cómo se pierde el pulso del mercado y se es ajeno a los cambios de tendencias. Se resume en la expresión: Hacemos las cosas adecuadamente, pero, ¿estamos haciendo las cosas adecuadas? 
  • Errores huérfanos que siempre se justifican en la tercera persona (“el mercado no sabe lo que quiere”, “el proyecto se ha desviado”) o a través del ego tóxico (“menos mal que estaba yo para solucionarlo”, “ya lo decía yo”).

Con las inevitables consecuencias naturales de: 

  • Descontrol 
  • Estrés 
  • Falta de tiempo por un uso caótico y desestructurado del mismo 
  • Caída de la producción 
  • Caída de la calidad 
  • Tensión emocional 
  • Fuga de talento 
  • Ausencia de innovación 

No nos cansaremos de repetirlo, pero el futuro y la innovación lo escriben organizaciones donde: 

  • El aprendizaje es constante, también a partir de los resultados no esperados (a lo que algunos llaman errores) 
  • Se reconoce el proceso y no solo los logros 
  • Los egos individuales son sustituidos por la autoestima colectiva 
  • No se habla en tercera persona 
  • Se piensa en grande, pero se actúa en pequeño 
  • Y no se hacen grandes anuncios, sino que se van reconociendo progresivamente los esfuerzos y los aprendizajes 

La velocidad está vinculada con el corto plazo. Es imposible correr a toda velocidad la carrera de fondo que es la vida, tanto profesional como la personal. 

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